jueves, 31 de marzo de 2011

III

Llevaba unas pantis negras que disimulaban la blancura de mi piel. Vestido rojo y atado con un lazo del mismo color alrededor de la cintura. Lo espere así tendida sobre la cama. El subió hasta mi habitación, descolocándose la corbata, sacando de su lugar todo cansancio, toda pesadez de la rutina. Sus pasos eran fuertes y mientras el corazón comenzaba a latirme con mayor presión, yo lo imaginaba penetrándome. Volvió a mis manos ese tacto sensual que se apodera de la piel en situaciones en las que sabes que te aprontas a sentir el ir dejando de ser tú.
Poso sus manos en mis piernas y fue subiendo poco a poco hasta subir mi vestido hasta la cintura. Se detuvo a contemplar mientras yo no dejaba de ver las letras vertidas en el libro que tenía entre mis manos. Deseaba la oscuridad tanto como él. Sus labios se posaron en mi cuello y la tibieza de su respiración se fue expandiendo por toda mi nuca. Él nunca necesito mirarme para reconocerme allí. Nunca necesito siquiera mi nombre. Aún llevaba toda su ropa puesta. Sentí su sexo erecto sobresalir del pantalón. Quise tomarlo entre mis manos, quise tenerlo entre mis labios, pasar mi lengua y sentir el sabor desollado del próximo combate que se llevaría a cabo sobre la cama.
Así éramos y nunca fuimos nada. Me gustaba contenerme, sentir que las ganas iban a explotar en toda la piel hasta convertirme en un animal sediento de ser poseído, arrancado de sus fuerzas. Él iba oliéndome, buscándome en el instinto. Me recorría como yo nunca supe recorrerme. Gustaba de recorrer mi ropa interior sobre el vestido. Su respiración aumentaba y yo simplemente me dejaba. Me dejaba. Me dejaba.
Luego era su olor a hombre, su dulce olor salado. Luego me voltea, me pide, me deja. Yo me acerco a su cuello, lo muerdo tímidamente, le arranco la corbata y Él me ata las manos, saca su cinturón que sujeta el pantalón y lo pone delicadamente alrededor de mi cuello. Y ahí me tiene, toda para Él.  Siendo su sirvienta, su perra, su mujer, su cruz. Saca su miembro y lo acerca a mi boca y puedo sentir como mi saliva va humedeciendo cada pliegue y superficie. El aire y la luz se me hace escasa, toda la desgracia del mundo parece querer darme un alma y siento su sexo palpitar, cada vez ponerse más duro. Mis manos se desesperan, sienten la presión. Me arranca el vestido, besa mi vientre, me siente un escenario y me penetra, entra en mí como un caballo salvaje, lo siento en la sangre y el cabalga en mí como si yo fuese libre.


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